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Vivir.

Esta historia se publicó en el Nº 4 de la revista RS Magazine, de la cual la autora es colaboradora y editora.

Al mirarla, su nerviosismo resulta obvio, y en el transcurso de nuestra conversación, éste le agita las manos, contorsionándolas en gestos imprecisos.

Frente al vaso de cerveza que tenemos al frente, brotan las palabras que esa mujer intenta hilvanar.

Ella es Antonia, de 48 años muy bien conservados y profesora de Educación Física en un reconocido colegio privado de Santiago. Posee un gusto impecable para vestir, al que imprime un ligero toque de algarabía juvenil.

Nunca se casó y tampoco se cuestionó su desconexión con los hombres. Anduvo con más de alguno por largo tiempo, como para que fuera considerado su pareja… Pero ella nunca lo sintió así.

Hace un buen tiempo conoció a Lorena, profesora de 26 años, a quien la unió una simpatía mutua que pronto derivó en una cercana amistad.

Lorena no sólo es joven. También es impetuosa, explosiva, vehemente. Una apasionada de la vida que va directo a lo que quiere, sin cuestionamientos ni titubeos.

Sólo unas charlas, y Antonia reconoció esa fuerza en Lorena. En ese mismo momento supo que se había enamorado… Antonia cierra los ojos.

-Quizás, me dice, sea esa forma de comerse la vida la que secuestró mi corazón. No lo sé. Pero ella me hizo sentir viva como nadie antes.

La observo. Ella, adivinando mis pensamientos, responde con voz clara, firme.

-No me preocupa estar enamorada de una mujer. Quiero decir que no es algo que me suceda a menudo, dice sonriendo. Es mi  primera vez. Lo que me complica es la diferencia de edad. Son veintidós años. Lorena podría ser perfectamente mi hija…

-Pero no lo es, la interrumpo, mirándola con igual firmeza. Y es que no logro dimensionar el significado de esos años que, según ella, son lo único que le impide, a veces, ser plenamente feliz.

Como si continuara adivinando mis cavilaciones, Antonia añade con dulzura…

-Sé bien que no lo es. Claro que lo sé. Aún así eso me afecta…

Al principio, no reparé en ello. Pero luego, cuando comenzamos a salir, el tema de la edad se convirtió en mi pensamiento recurrente. Además, no ayudaba mucho el que Lorena y yo, saliendo tan seguido como lo hacíamos, pareciéramos no querer hablar del tema. Estaba claro que algo especial sucedía entre nosotras. Pero, simplemente callábamos. Eso me complicaba aún más… Hasta que llegó el feriado de Semana Santa, para el que habíamos quedado en ir a la playa.

Pasé a buscarla y le pedí que condujera. Yo estaba algo nerviosa. En el trayecto, música a todo volumen. Yo, los ojos cerrados. Relajada en el asiento, riendo… Por dios! Reí como nunca…

Al llegar a la casita de la playa, bajamos nuestras cosas. Luego, preparamos unos sándwiches y nos sentamos a beber unas cervezas. Yo necesitaba una, porque sentía que los nervios me traicionarían en cualquier momento…

Ella hablaba y yo no podía dejar de mirarla. Me subyugaba. Por eso, cuando fue hasta el equipo a poner música, respiré profundo y la seguí. La delicada estela de perfume que dejaba tras ella resultó un lazo embriagador. Entonces, se volvió hacia mí, con una sonrisa maliciosa. Me sentí morir. Mientras se acercaba, no dejaba de mirarme… Pegó su cuerpo al mío. Sentí su calor, sus brazos rodeando mi cuello, su roce, su tacto, sus labios… Para ambas era la primera vez. Entonces, esas horas de intimidad, que luego se convirtieron en días y meses, fueron el modo de decirnos que todo estaba bien; que había un mundo entero que recorrer, muchas cosas que conversar y resolver. Pero que ya habría tiempo para todo aquello. Ahora bastaba estar así, entregadas a la intuición, al reconocimiento mutuo de nuestros cuerpos.

Aída.

Ellas...Cuento publicado en Rompiendo El Silencio, sección HISTORIAS, bajo el nombre de EN EL MISMO CAFÉ)

A pesar de que la primavera había despuntado, ésa era una tarde casi invernal. Yo buscaba liberar mi inquietud de los últimos días en un tranquilo café, acompañada de un buen libro. Nada mejor que la buena lectura para sosegar el alma.

Estaba enfrascada en mi lectura, cuando oí un leve sollozo. No levanté mi cabeza de inmediato, pues la sordera que padezco a veces me juega malas pasadas. Sin embargo, cuando volví a escucharlo miré a mi alrededor. No la vi inmediatamente. Me quedé quieta, hasta que pude discernir la dirección de la cual provenía ese quedo y tímido llanto. Luego me giré y te vi. De edad indefinida, lucías indefensa con tu mirada de perrito castigado; pesarosa y tan pequeña envuelta en tu manto de lagrimas que automáticamente busqué los pañuelos que suelo llevar en mi mochila. Con ellos en mi mano, me acerqué y te pregunté si te sentías bien. Me devolviste una mirada de ojitos sorprendidos. No respondiste, pero aceptaste los pañuelos que te tendía. Me senté en tu mesa y sin saber mucho qué hacer, te ofrecí un sorbo de mi deslavado café cortado. Lo aceptaste con gesto enternecido. Todo era silencio. Prendí un cigarrillo y te lo ofrecí. Lo cogiste con mano nerviosa. Mientras encendía uno para mí, recordé cuán torpe me siento cuando veo a alguien llorar. Tu voz. Un “gracias” tenue, acallado, para luego levantarte y marcharte. En la mesa quedaron los pañuelos y en el cenicero el cigarrillo a medio consumir.

Pedí la cuenta y me marché. A poco andar, te vi frente a la vidriera de uno de los tantos porno-shop del sector. Estuve a punto de acercarme, pero desistí, dispuesta a seguir de largo. En eso tu mano me cogió por el brazo. Te oprimiste a mi costado como una criatura indefensa y caminamos. Te pregunté si vivías cerca. Asentiste con la cabeza. Decidí entonces acompañarte hasta tu casa. Así llegamos a un vetusto edificio ubicado al frente de una iglesia. Me preparaba para despedirme cuando un gesto tuyo me detuvo. Abriste la reja y tomaste mi mano. Me tensé por un momento, pero te seguí en silencio. Nos adentramos en el edificio que me pareció sombrío y abandonado. Llegamos a tu departamento. Una tenue luz de origen indefinido iluminaba la salita. Me senté en un sofacito y desapareciste por un momento. Experimentaba una extraña sensación, mezcla de ternura y sobrecogimiento. De pronto, apareciste a mi lado y tomando una vez más mi mano, me llevaste a tu habitación. Me quitaste la chaqueta y me ofreciste un cigarrillo y te sentaste en la cama. Aún de pie, yo sentía algo así como un ligero sobresalto. Mis instintos estaban alerta por no sé qué indefinible razón, y es que en aquella habitación se filtraba la misma luminosidad sin origen aparente. No había ninguna lámpara encendida. “No temas”, dijiste, como adivinando mi extrañeza, e hiciste una seña para que me sentara a tu lado. Lo hice y te recostaste en el lecho instándome a hacer lo mismo. No había ningún gesto insinuante en tu invitación. Aún así, me sentí incómoda y es que tu silencio me perturbaba.

“¿Vives sola?”, pregunté. Asentiste con la cabeza “¿Cómo te llamas”. “Aída”, respondiste. Acto seguido besaste mi frente. Tus labios estaban fríos y noté la palidez de tu rostro. “Gracias por acompañarme”, dijiste. Cerraste los ojos y te dormiste. Aguardé unos minutos y luego de terminar el cigarrillo me levanté suavemente para no despertarla y me fui.

Días después, en el mismo café, nos volvimos a encontrar. Yo escribía unas notas. Al levantar la vista para pedir uno, te vi sentada a mi mesa. La misma palidez y tristeza reflejada en tus ojos. Sin embargo, sonreíste cuando al acercarse Lorena, la mesera, a tomar mi pedido, solicité dos cafés. Dada la sorpresa ante tu abrupta aparición, no noté el gesto de extrañeza de Lorena.

A diferencia de la vez anterior, Aída se mostró más comunicativa. Aún así, no respondía mis preguntas acerca de ella. Por toda respuesta, inquiría sobre mí. Le conté entonces que era novelista y que junto con ello solía escribir artículos literarios. Bebimos el café, nos fumamos unos cigarrillos y la invité a caminar. Era un atardecer algo caluroso y me llamó la atención que Aída llevara la misma ropa abrigada de hacía unos días. Pero eso parecía no molestarle. Anocheció y nos encontramos frente a su departamento. Con un gesto me invitó a entrar y ya dentro, examiné su pequeña biblioteca, variadamente rica. Me sorprendí al ver viejas ediciones de Edgar Poe y Lovecraft. Al volverme, Aída estaba frente a mi con sendas tazas de café en la mano.

Un poco impelida por ese desasosiego que experimentaba ante su característico silencio, empecé a hablar de temas diversos. Ella escuchaba atenta, y al hablar, su queda voz se apreciaba dulce, y sus ojos, siempre tristes. Fue cuando noté la extraña y sutil belleza de sus rasgos, y aunque su rostro lucía pálido, ello no le restaba hermosura. Me di cuenta que ella me miraba atenta. Fue cuando sentí deseos de besarla. No sé si adivinó mi deseo. Sólo sé que sonrió delicadamente. Se acercó, tomó mi mano y me llevó a su habitación. Todo lucía como días atrás. Ella se volvió hacia mí y posó sus fríos labios en mi boca. Abrazarla resultó fácil, era tan menuda.

Los besos y caricias nos llevaron a su cama. Su cuerpo ligero, era casi etéreo. Nos desnudamos y la acaricié con delicadeza. Besé su cuerpo entero que parecía oler a flores silvestres. Ella se entregó sin reservas, enredándose en mí como una hiedra. Pero a pesar de la pasión que nos envolvía, su cuerpo parecía no entrar en calor. Cogí una manta y la cubrí, pero luego olvidé esos cuidados al sentir sus caricias recorrerme. Eran sabias, con la sabiduría de miles de mujeres, de miles de años.

El dulce sopor que abraza después de hacer el amor, me hizo dormirme en su cuerpo. Al despertar, me encontré sola en su habitación. La llamé. Nadie respondió. Me vestí y salí a la calle, sorprendida. En ese momento, caí en la cuenta de que no tenía un número de teléfono para llamarla y que, torpemente, tampoco le había dado el mío. No sabía cuándo volvería a verla.

Yo iba al café todas las tardes buscando encontrarla. Pero parecía que la tierra, la hubiera tragado. Después de una semana, le pregunté a la chica del café si la había visto. Respondió que no la conocía. “Pero si es la chica que estuvo conmigo acá hace unos días”, le dije. Lorena me miró extrañada. Luego se acercó y me dijo en tono confidente: “Discúlpa, pero tú siempre has venido sola. Por eso me llamó la atención el otro día cuando pediste dos cafés. Pensé que a lo mejor te juntarías con alguien, pero como no llegó nadie”, me contó.

Me quedé perpleja. ¿Me estaba volviendo loca? Pagué la cuenta y me fui. Caminé hasta el edificio que de día lucía más viejo y abandonado. Entré y golpeé la puerta del departamento de Aída. Nadie respondió. Golpeé más fuerte aún, con el corazón latiendo aceleradamente. La puerta del departamento de al lado se abrió y apareció una viejecita. Me preguntó a quién buscaba. “A una amiga”, le respondí. “Pero allí no vive nadie hace mucho tiempo m’hijita”, me dijo. “A lo mejor usted no la conoce. Es una muchacha de unos 22 años”, le dije. “Se llama Aída”.

La abuelita me miró sorprendida. No entendía nada. La señora se acercó y añadió: ” Aquí vivió una jovencita con ese nombre, me dijo. “Pero hace muchos años. Usted no puede haberla conocido”. “Pero claro que sí”, repliqué, con tono algo alterado. “No m’hijita. Eso no es posible”, aclaró la viejita, “la Aidita murió hace como 15 años, ahí mismo, en ese departamento. Dicen que murió de pena, ¿sabe? Yo la conocí. Era una niña muy linda. Todos los hombres andaban locos detrás de ella, ¿sabe? Pero, bueno, a la Aidita no le importaba, porque eso no era lo suyo, usted me entiende, ¿verdad m’hijita?”

- No, no la entiendo – le dije.

La abuelita me miró compasivamente. “Bueno, la Aidita estaba enamorada de una profesora de la universidad donde estudiaba. La mujer, al parecer, se sacó el gusto con la niña y luego la abandonó. De ahí que la Aidita nunca más fuera la misma, ¿sabe? Se volvió muy solitaria y cada vez que yo la veía, ella andaba como llorosa, como triste, ¿me entiende m’hijita? Un día vinieron a buscarla unos compañeros de la universidad, porque hacía días que no sabían nada de ella. Cuando entraron a su departamento la encontraron muerta en la salita. No había ninguna nota. Sólo dos tazas de café en la mesita.

Guardé silencio. Y entonces entendí. Aída, finalmente, estaba en paz.

La espera.

Cuento publicado recientemente en Rompiendo El Silencio, sección HISTORIAS.

Mi vida amorosa ha sido casi siempre un desastre. No me ha ayudado mucho el ser una especie de Dra. Jeckill y Sra. Hyde. Soy una especie de fierecilla a la hora de la cama. Con una energía y una fuerza que se me desatan. Y no es que guste de llevar el control en todo. No. No se trata de eso. Es sólo que mi hacer, de acuerdo a esas estúpidas y manidas estructuras aprendidas, es lo que suelen llamar dominante. Disfruto sobremanera que mi pareja me seduzca, me incite. Así. Sin rebuscamientos. Sólo la pasión. Y conste que es pasión.
Es por eso, y porque tengo todo un caudal de sentimientos y emociones a flor de piel, que necesito contar esto. Esto que se ha convertido en una de las revelaciones más hermosas y potentes que he experimentado hasta ahora. Para ello, quizás, deba hacer una mínima retrospectiva. Mi última pareja era una mujer dulce. Creo que por eso me atrajo. Yo resulté ser su primera amante. Y si bien, funcionábamos bien en la cama, el tema de los roles era algo muy fuerte para ella. Pero con ese típico posicionamiento de macho-hembra, activa-pasiva, etc. Y por ello siempre me “recordaba “que yo era, ante todo una MUJER. ¡Como si no lo supiera!
Tanto fue el cántaro al agua que terminé por no saber cómo expresar mi amor y mi deseo por ella. Simplemente, me “enfrié”. De ahí a la ruptura, sólo un paso. Tal vez por eso me cansé, o me frustré. No sé. Tomé un receso. Bloqueé mis ansias. En fin. Me avoqué a lo que conocía bien. Mi trabajo. Por largo tiempo me escondí tras una inmensa montaña de eso, casi al punto de sepultarme. En aquella época solía recibir una buena cantidad de correspondencia, la que no siempre podía contestar. Sin embargo, al recibir una crítica a uno de mis artículos, respondí a su autora, sin saber, qué destino y tiempo mediante, ella y yo nos convertiríamos en grandes amigas y confidentes de nuestras soledades.
Hablábamos hasta cinco veces por semana, tan sólo para contarnos hasta los más ínfimos e íntimos detalles de nuestras vidas y sus relaciones. Sin morbo ni curiosidad en ello. Y aquí estoy, escribiendo todo desde el aeropuerto. Mientras espero su vuelo, me doy cuenta de que estoy nerviosa como niña en su primer día de clases. Sumida en esta silla, frente a un café, repaso mentalmente cada cosa dicha en el transcurso de este tiempo y una sensación indescriptible me acelera el corazón. Acaban de avisar por el alto parlante que el vuelo llegó. Apuro el último sorbo de café y me preparo a apagar mi notebook. Seguiré escribiendo mañana.

Días después
Tengo muchas cosas que escribir, pero no he querido perder el tiempo en ello. Más importante ha sido lo que me ha tocado vivir. Hace una semana que Claudia llegó. Hace una semana que me he quedado casi sin aire. Una semana que llevo intoxicada, embriagada de múltiples sensaciones que antes no pude siquiera imaginar. Aquella tarde, el vuelo llegó a tiempo, y tuve que esperar poco para verla aparecer en medio de la multitud que salía con sus carritos y que era recibida con abrazos y alegría. No me costó reconocerla, en lo más mínimo. El saludo fue efusivo. Ni Claudia ni yo ocultamos nuestra alegría. Nos encaminamos al estacionamiento. Acomodamos el equipaje y emprendimos rumbo a mi casa. En el camino, ella se mostró como siempre: verdaderamente un torbellino de locuacidad. Yo no paré de reír en todo el trayecto. Aún así, no pude evitar sentirme turbada ante esta mujer que, en persona, resultaba aún más atractiva que lo que su imagen a través de la cámara del pc había dejado entrever. Tres años habían transcurrido. Cientos de mails. Miles de conversaciones.
Llegamos a mi casa y la llevé a su habitación. Mientras ella tomaba una ducha, bajé a preparar algo de comida. De pronto la vi, mirándome. Los cabellos húmedos y ese aire divertido que le daba una expresión infantil a su rostro. Nos pusimos a conversar y me ayudó a llevar las ensaladas a la mesa. Cogió su vaso de cerveza y lo levantó frente a mí. Salud por el placer de estar aquí, en tu casa, dijo. Nos sentamos a comer. Y la observé. Devoraba todo. Parecía que todo lo hacía así: con ganas. Con hambre. Sin dejar que nada se perdiera. Era curioso. A pesar de la turbación que por momentos me invadía, me sentía cómoda. Como si nos hubiéramos dejado de ver apenas unos meses atrás. Me levanté a buscar otra botella de cerveza y unos cubitos de hielo. Me volví para ir a la mesa y me la topé ahí mismo, casi pegada a mí. Di un pequeño respingo por esa cercanía inesperada. Me quitó de las manos la botella y el bowl con el hielo y así sin más me abrazó. No supe bien cómo reaccionar. Pero ese abrazo me resultaba más que placentero. Y lo devolví. Fue en ese instante que sentí como una corriente eléctrica que recorrió mi cuerpo, inmovilizándome. Cerré los ojos. Sientes lo mismo que yo, verdad? La oí decir. Asentí, casi sin voz. Nuestras bocas se rozaron con tal delicadeza que el estremecimiento que experimentaba no hizo sino acrecentarse. Claudia lanzó un leve suspiro cuando sintió mis labios en la comisura de su boca. Mi corazón se deshizo en fuegos de artificio y la estreché aún más contra mí. Sus brazos rodearon mi cuello. Su cuerpo se plegó al mío, y las caricias se acentuaron. Por un segundo, nos miramos, perplejas. Pero cuando su vientre acarició el mío, insinuante y ardiente, sentí que todo desaparecía. Trastabillamos mientras nos acercábamos a la escalera, sin dejar de besarnos. Se apartó de mí y tomó mi mano. Sus ojos brillaban. Yo la seguí escaleras arriba, en silencio. Frente a mi dormitorio la detuve y así la llevé a mi cama. Nuestras manos volaron sobre nuestros cuerpos. Sabias. Conocedoras de los secretos de la una y de la otra. Su piel era un imán para la mía. Claudia me tomo suavemente de las manos y me llevó sobre su cuerpo. El placer que experimenté en ese momento lo sentí como un garrotazo en mis sentidos. No podía parar de besarla, ni ella me daba la posibilidad de hacerlo. La recorrí entera, ella guiándome. Elevando su cuerpo en busca del mío, y atrapando con sus manos mis caderas para ceñirme más. Mi vientre pareció hundirse en el de ella, haciendo que su espalda se arqueara hacia atrás ofreciéndome sus pechos. Ella sujetó mi rostro contra ellos y enlazó sus muslos como enredaderas en torno a mi cintura. Dentro de mi desesperación y del ardor que me rompía los huesos, me tomaba el tiempo, todo el tiempo para acrecentar aún más su deseo. Pero ella era voraz, como un incendio. No quería dejar trazas de mí y exploraba cada rincón de mi cuerpo, el que no podía sino responder arteramente. Y así, en medio de las bocas apremiantes, de las manos y las piernas que se buscan. En ese enredo de palabras ardientes e incoherentes tuvimos la seguridad de que, al menos por ahora, la búsqueda había terminado. El destino había jugado su mano y nos había reunido. Enredadas en la cama. Entregadas, cada quien a su modo. Rebosantes. ¿Qué sucedería después? poco importaba. Ambas habíamos aprendido el valor del tiempo, el valor del ahora. Ya habría tiempo para el después.

Me levanté temprano y ya hacía calor. Como siempre no hubo necesidad de ducha, ni de cambio de ropas…

Hoy, como siempre, pude ver mucha gente caminando alrededor. Parecían no verme, y las que lo hacían me esquivaban, con una mueca de descocierto en sus rostros.
Tengo sed… Me puse en una esquina y estiré la mano. No sé cuánto rato estuve. Nunca lo sé porque no llevo reloj.
Cuando reuní algo así como mil pesos, caminé y caminé hasta llegar a una botillería. La sed era mucha y las ganas de olvidar también…
Camino y miro los escaparates y las gentes con sus bolsas. Sigo caminando y llego a una zona donde hay hartas casas. No son lindas. Pero se escuchan risas y me puse a mirar. El calor es mucho y me siento incómoda con mi ropa, no porque sea fea y sucia, sino porque siento calor, mucho calor…
Me detuve a mirar una ventana que brillaba con las luces de un árbol de navidad que descansaba a la sombra encendido…
Las tripas me suenan, pero eso no es novedad y no me importa tanto como aplacar la sed y alimentar el olvido. Una señora se asoma y me mira con cara de desconfianza. Patroncita, tuviera una monedita ? La señora entra a la casa con cara de no sé qué. Yo me quedé en la reja, esperando por si acaso. La gente en esta época quiere aplacar su conciencia y busca una expiación. La expiación del olvido, de la indiferencia, del asco, de la tranquilidad.
La señora no aparece y entonces doy un paso para marcharme. Justo en ese momento veo que viene acompañada de un tipo inmenso de grande. Cresta, pienso, me van a echar. No me doy cuenta de que en sus manos traen unas cosas, entre ellas un vaso. Abren la reja y me hacen pasar, hace mucho calor, me dicen, mientras ven mi cara sucia y bañada en sudor. El tipo me mira no muy convencido, pero con gesto amable me ofrece el vaso y le echa un líquido con frutas. Lo cojo y me lo llevo a los labios y lo apuro hasta el final. Ahhhhh !!! Borgoña de frutillas. Cresta, ya me había olvidado de lo rico que es y está heladito !
La señora me lleva al patio donde está lleno de picantes, picantes como yo. Sólo que ellos tienen casa y unos cuantos pesos p’a celebrar; tienen cabros chicos revoloteando alrededor y gritando felices como condenados.
Todos me miran, en silencio por un instante, pero cuando la señora pone un plato al frente mío y me sirve comida, todos empiezan a reír de nuevo y me dicen casi disculpándose, sírvase no má, too tá limpicieto. Agarro la presa, sin más y me doy cuenta de cuánta hambre he tenido. Ataco la ensalada chilena y cierro los ojos, degustando.
Me llegan las notas de una cumbia… Un año más que se va… Los miro a todos con cara estupefacta. Qué mierda se creen? Creen que son felices porque tienen para comer, para tomar y porque ríen como enajenados? O creen que porque me están dando de comer podrán llegar al nuevo año con la conciencia limpia del que hizo algo bueno por una puta paria que no tiene qué comer? Los miro mientras me tomo otro traguito de ponche. Harto bueno que está… Los miro de nuevo y veo que en su picantería, que en su cultura de cumbias, bailongos, borgoñas y pollo asado, hay una luz que no vi antes. En ninguna de esas casas donde me dieron de comer a la puerta; donde me dieron de beber en vasos plásticos, para botarlos después; donde me miraron con una lástima asqueante, en ninguna de ellas vi lo que veo aquí hoy. Y es porque ellos me hablan, me echan tallas y se ríen. No me tratan como de segunda. No me preguntan nada, no quieren saber nada, no fingen que les importa. Pero siento que esta pata de pollo, esta ensalada con harta cebolla y esta borgoña, me harán dormir mejor hoy día cuando me acueste en mis cartones bajo el puente.

El Regreso.

ESTE CUENTO HA SIDO PUBLICADO POR LA REVISTA LÉSBICA ON-LINE ROMPIENDO EL SILENCIO, DE LA CUAL LA AUTORA ES COLABORADORA HABITUAL.

No la había visto desde mi partida, y nuestra despedida había sido algo confusa. Hecha de omisiones.
Hacía dos años que nos habíamos conocido. Al principio, nos habíamos acercado de a poco, como el zorro y El Principito. Pero pronto nuestras llamadas y contactos por MSN se volvieron algo cotidiano.
En aquel entonces no me había dado cuenta de cómo ella se me había ido colando por la piel. Ceguera tal vez, o quizás no quise ver lo que era, a todas luces, evidente. De acuerdo a mi manual, ella no era una posible amante, sino una amiga. Alguien con quien conversar largas horas, confidenciar, desmenuzar ideas, sólo por el placer de hacerlo. Y así, en ese juego de adultos, muchas veces desnudamos nuestros corazones. Aunque no lo suficiente…
Sólo estando yo a miles de kilómetros fue que se atrevió a confesarme que me amaba. Para el momento en que lo dijo yo ya había descubierto que ese dolor que había experimentado al marcharme, ese como corte en el corazón, era porque no volvería a verla.
Creo que ambas nos creímos a salvo de esa forma. Con tierra de por medio. Ella era casada, con dos hijos pequeños, y un marido que a esas alturas distaba mucho de hacerla feliz.
Después de su confesión, dejó de llamarme, dando todo por cerrado. Yo la dejé hacer, aceptando en silencio su decisión.
Viví dos años fuera del país hasta que un día tuve que regresar. Mamá había enfermado de gravedad y le quedaba poco tiempo de vida. Volví en silencio. Sólo los más cercanos supieron de mi regreso. Sólo los más cercanos me acompañaron al camposanto, y sólo ellos enjugaron mis lágrimas.
Fue el destino, tal vez, el que nos puso, una tarde, la una en frente de la otra. Así, en plena calle. Ella se detuvo de golpe, sorprendida de verme. Yo sólo vi a una guapa mujer que se detenía en frente mío, con una cara que evidenciaba una suerte de espanto y sorpresa. Sólo al reconocerla, me acerqué. La saludé y abracé como si la hubiera visto el día anterior. Su gesto, en un principio, resultó tenso, pero en segundos devolvió mi abrazo con igual calidez. A pesar de ello, pude notar su nerviosismo.
Como antaño, la invité a un café, quizás esperando la misma respuesta de siempre, esa que le impedía darse un tiempo con los amigos. Pero me equivoqué. Aceptó y así entramos al primer café que encontramos en el camino. Ambas evitamos el tema en cuestión. Me contó que estaba de vacaciones y que sus hijos estaban con su madre. Fue cuando le pregunté por Arturo. Nos divorciamos, me dijo. Me quedé helada. No porque eso en particular me sorprendiera, pues era algo que se veía venir, sino por la forma en que lo dijo: pronunciando la frase como una liberación.
Hablamos de un sinfín de cosas. Luego, intercambiamos teléfonos. Creo que lo hice en la creencia de que estábamos cumpliendo el rito habitual de dos viejas conocidas que prometen volver a reunirse “algún día”. Pero me equivoqué… nuevamente. A los pocos días, y ya de vuelta en su trabajo, Antonieta me llamó. Como era viernes, me preguntó si tenía planes para la tarde. Nada aún, respondí. Aceptarías, entonces, ir a beber una copa con una vieja amiga? Ante mi vacilación, agregó. Vamos! No te voy a comer. No pude si no reír y acepté, quedando en recogerla en su oficina.
Llegué puntualmente y apenas le avisaron de mi llegada, la vi aparecer, cartera en mano. No había cambiado un ápice. Seguía igual de hermosa. Aunque la verdad era más bien una morena atractiva, interesante. Delgada, de cuerpo armonioso, al punto que nadie hubiera dicho que tenía dos embarazos a su haber; con ojos de niña, a veces teñidos de un mirar malicioso, travieso. Al sonreír, se le hacía un hoyuelo en la mejilla derecha, lo que contribuía a darle un aire infantil. Sin embargo, era toda una mujer…
La saludé rápidamente, no queriendo que notara mi mirada. Bajamos en el ascensor hasta el estacionamiento donde minutos antes había dejado mi auto. Encendí el motor. Sabes? Dijo, mirándome, quisiera ir a ese pub donde solías cantar. Existe aún? Sí, respondí sorprendida. Aún existe. Pero, en verdad quieres ir? Es sólo para mujeres. Lo sé, asintió. Y sí. Quiero ir.
Salimos a Providencia y llegamos a Bellavista. Nos estacionamos y entramos. Saludé a varias conocidas y buscamos una mesa. Pedimos una caipirinha y una cerveza y nos pusimos a charlar. De pronto, en la mesa de al lado, unas chicas comenzaron a besarse. Antonieta las miró con detención. Noté que en su rostro no había rechazo, ni sorpresa. Un poco de curiosidad, sí, y un dejo de algo que no supe en ese momento definir. En eso, llegaron nuestros tragos. Levantó su copa y me miró. Quiero brindar por este reencuentro, me dijo. Sonreí y choqué mi vaso contra el suyo. Sabes que aún guardo el cd tuyo que me regalaste? La miré sin responder. Y quiero pedirte que esta noche cantes para mí. Estaba a punto de responder que no cuando la dueña del pub se acerca a saludarme. Le presenté a Antonieta y luego de los saludos de rigor me dice. Oye, por qué no tomas la guitarra y cantas la canción que me gusta? Jaque. Ese era un rito entre Lola y yo, desde tiempo casi inmemorial. No tuve más remedio. Tomé entonces la guitarra, y una canción se convirtió en varias. La verdad, perdí la cuenta, porque cada vez que miraba hacia el público notaba los ojos de Antonieta fijos en mí.
Después de la típica canción con la que medio mundo termina cantando, dejé la guitarra y llegué hasta la mesa. No alcancé a sentarme cuando Antonieta me tomó la mano. No lo pensé. Me acerqué a su rostro para besarla en la mejilla, pero ella se movió ligeramente y mis labios terminaron en la comisura de su boca. El corazón se me vino al rostro, hasta hacerme cambiar los colores, y dejarme sin habla por unos segundos. Ella me miraba. Con esos inmensos y profundos ojos oscuros, y la tenue caricia de su boca, ella había roto las compuertas. Algo fuerte me inundaba y no pude articular palabra. Bebí un sorbo de cerveza mientras buscaba alguna estúpida frase de la cual aferrarme. Estaba por prender un cigarrillo cuando la oí decir que ya había pagado la cuenta. Me invitas a un café en tu casa? Agregó, levantándose. En silencio, respondí tomando mis cigarrillos y mi chaqueta. Me despedí a señas y salimos. Al llegar al vehículo la miré. Ella, la vista al frente mientras se calzaba el cinturón de seguridad.
Llegamos a casa en cuestión de minutos. Al entrar, se entretuvo saludando a mis gatitas. Colgué la chaqueta y me fui a la cocina a preparar el café. Mientras disponía las tazas, ella entró y se afirmó en el mesón de la cocina. No podía mirarla. Sentía la sangre agolpándose en mis venas. No sabía cómo diablos interpretar todo aquello. La verdad, era fácil asumir una doble intención, pero podía equivocarme. Concentrada como estaba en mis cavilaciones, y buscando el café y la sacarina, no me di cuenta cuando ella se acercó. Sólo percibí su perfume. Cuando volteé la mirada ella estaba “ahí”, cerca, muy cerca de mí. Nos miramos por unos instantes, y sin dejar de mirarme, ella acercó su rostro al mío. Lo único que atiné a hacer fue rozar sus cabellos con mis dedos, en un gesto casi imperceptible. Antonieta apoyó su frente en mi mejilla. Era como si ninguna de las dos se atreviera a dar el primer paso. Mientras, yo sentía el pulso en mis sienes, golpeando fuerte, aceleradamente. Finalmente fue ella. Ella quien acercó su boca a la mía. Apenas un roce, un suspiro. El preámbulo del reconocimiento. Y luego la humedad suave y tibia de los labios entreabiertos. Mariposas. Eso sentí. Mariposas en el estómago y un poderoso calor en las mejillas. Acerqué mi cuerpo al suyo y ella buscó el acomodo a mis formas. Ambas nos estremecimos. Por un instante se separó ligeramente, para luego volver a estrecharse contra mí. Mis dedos acariciaron su rostro, mientras la ceñía contra el mesón. El calor de su piel navegaba hasta la mía haciendo que mi boca se deslizará por su cuello hasta el principio de sus senos. Me apartó con suavidad y en un murmullo pidió que fuéramos a mi dormitorio. Una vez en él, cerré la puerta y en la penumbra la vi quitarse los zapatos. Me acerqué a ella por detrás y mis manos se elevaron suavemente desde sus caderas buscando los botones de su blusa. Se volteó y me llevó hasta la cama. Sin prisas besé su cuerpo. Sus manos buscaron las mías hasta llevarlas a sus pechos y mi beso se tornó en mordedura. Entretanto, nuestros cuerpos se desesperaban por sentir la desnudez de la otra.
Se deshizo de mi blusa y del resto de mi ropa. Seguí su ejemplo y nuestras pieles se abrazaron. Agradecí la amplitud de mi cama, la que prontamente se convirtió en un campo de batalla, en donde los suspiros y gemidos caían en andanadas. Ella buscaba mi cuerpo con un ansia casi feroz. Su pasión, su hacer, su abandonarse a mis caricias no me daban tregua. La recorrí por entero, con manos y boca, de piel completa. Aspiré su olor, me abrigué en su calor y acuné mis labios en su sexo. En él derramé mis años de soledad, mis sueños baldíos y la lujuria que creí exiliada. Pronto aprendí el lenguaje de sus movimientos, de sus gemidos y suspiros. Me estremecí hasta la médula cuando con voz entrecortada por sus orgasmos pronunció mi nombre. La arrullé y en medio del arrullo, como un viento tumultuoso, ella devolvió mis besos, talló mi carne, incineró mis angustias. Grabó con sus manos delicadas el temblor de cada caricia, haciéndome renovar mis votos con la vida.
Desde esa noche han transcurrido cientos más. Y cada vez, después de acostar a los niños, el camino que nos lleva hasta la cama es una suerte de viaje que nos depara miles de aventuras en paisajes reconstruidos con el deseo y la inventiva que restauramos a cada momento.

Ika.

(Cuento publicado en la revista online Rompiendo El Silencio, bajo el nombre de Amor con Memoria, sección HISTORIAS)

hindulesbianInuki llevaba el cántaro sobre su cabeza, y se sentía orgullosa de no derramar ni una sola gota del preciado líquido. A pesar de esa alegría que llenaba sus mejillas de tonos rosa, Inuki peleaba con la tristeza que navegaba en sus pupilas… Al llegar al pozo no había encontrado a Ika, su amiga y compañera. Por eso se encontraba haciendo el camino al poblado a solas, como pocas veces en su vida. Y es que, desde que tenía memoria, Ika había estado a su lado, como una más de sus hermanas y hermanos, pero más cerca aún. Inuki guardaba un espacio particular en su mente y en su corazón, un espacio que era sólo para Ika. Lo compartían todo, y por ello su madre, conocedora del afecto que unía a ambas muchachas, había accedido muchas veces a que Ika se quedara en casa compartiendo el techo y el pan familiar.
Al llegar al pueblo, Inuki notó la algarabía. Toda la gente se apiñaba en las polvorosas calles. Entonces recordó. Era la fiesta de Ika, la fiesta que la convertía en mujer. El corazón se le apretó porque eso significaba que pronto Ika sería elegida por alguno de los mocetones del villorrio y con eso, Ika ya no estaría más en su vida, al menos no como hasta ahora.
Inuki se abrió paso entre la gente y fue cuando la vio. Ataviada con los brillantes colores de la mujer casadera, su hermoso cabello negro recogido en una larga trenza. Hermosa como nunca. Con sus manos sujetando el cántaro, Inuki reanudó la marcha hasta su casa. Cabizbaja como iba no se percató de la mirada de desolación de Ika.
Al llegar a casa, su madre la recibió con el cariño de siempre, pero la instó rápidamente a ayudarla en los quehaceres del hogar. Su padre y sus hermanos pronto llegarían con parte de la cosecha de papas y camotes y había que alimentarlos a todos para que recuperaran las fuerzas para la nueva jornada. Pero Inuki tenía la cabeza en otro lado. Y su madre, con un suave pero firme gruñido la hizo volver y concentrarse en sus labores.
Todos se levantaron de la mesa después de comer. El pocillo de Inuki estaba intacto. Ayudó a su madre a recoger las cosas de la tabla que hacía las veces de mesa. Tiró las sobras de los pocillos a los perros. Mientras estaba en eso, su madre le lanzó la noticia. Ika había sido pedida en matrimonio por tres de los jóvenes casaderos más apetecidos, y sus padres habían elegido a Kimak, el más robusto y trabajador de todos y al que Inuki detestaba particularmente. El estómago se le apretó. No sabía por qué, pero no quería oír lo que su madre le comentaba. Aún así guardó respetuoso silencio, pero tan pronto como le fue posible, y, aprovechando la hora de calor durante la cual su familia solía descansar, se encaminó a la quebrada.
De niñas Ika y ella se refugiaban allí y disfrutaban de las aguas del riachuelo que corría fresco y raudo. Se tendió bajo un árbol y cerró los ojos. Sólo el silencio llegaba hasta sus oídos. Tan ensimismada estaba que no oyó a Ika hasta que ésta se tumbó a su lado y se apegó a ella, como solía hacerlo desde la infancia. Al sentir el cuerpo de Ika, y el perfume que de él emanaba, se sobresaltó y quedó medio sentada, la espalda apoyada en el tronco del frondoso pimiento que se erguía sobre sus cabezas. Se miraron, los ojos llenos de interrogantes, el cuerpo sacudido no sabían por qué tipo de urgencias. Fue Ika quien buscó la mano de Inuki. Ante el contacto de aquella piel, Inuki sintió un calor, ese mismo que la había arrinconado en tantas oportunidades, que ya había perdido la cuenta…
No dejaron de mirarse. Los inmensos y oscuros ojos de Ika permanecían fijos en su rostro. No hubo palabras. Inuki se acercó a Ika y apoyó su frente en aquella barbilla suave y delicada. Su corazón latía violentamente ante tal cercanía. Nunca había sabido por qué sentía así con Ika, fuera lo que fuera ese sentimiento ahora lo sentía más fuerte que nunca. Inuki se apartó ligeramente y con suavidad acarició, con el dorso de su mano, la piel del antebrazo de Ika, quien buscó una vez más con ansia sus ojos. Sus rostros quedaron así tan cerca el uno del otro que podían sentir el calor del aliento de la otra en sus bocas. Así fue hasta que sus labios se rozaron. Fue el primer beso para ambas. Nada importaba lo que los antiguos dijeran sobre eso; tampoco importaba que en algunos días más Ika fuera a casarse. Ahora ella estaba allí, regalándole la primicia de su boca…
El apremio del cuerpo se hizo más fuerte y sus bocas se exploraron, lo mismo que sus manos. Se tendieron sobre la hierba aprisionando sus cuerpos uno contra el otro, buscándose instintivamente. Las manos de Inuk desordenaron la trenza de Ika, liberando aquel caudal azabache. Inuki hundió su rostro en ellos y los olió con fruición, mientras sus manos bajaban por sobre el pecho de Ika, acariciando sus pequeños y tensos senos. Ika le apartó con suavidad, sólo para comenzar a quitar los paños de la túnica que cubría el cuerpo de Inuki. Al quedar desnuda, ésta se inclinó sobre ella y no paró de besarla. Con una habilidad desconocida, Inuki la despojó también de su nueva ropa de mujer. Las manos de la una y de la otra iban y venían en cascadas de caricias. Fue Ika quien la volteó ligeramente para luego besar por entero su cuerpo. Inuki se estremeció bajo el calor húmedo de aquella boca y un gemido de placer escapó de su pecho al sentir el contacto de aquella lengua en su sexo. Mantuvo los ojos cerrados a medida que iba sintiendo aquellas manos acariciando sus pechos, sus muslos. Se agitaba. Su pecho latía apresuradamente y aquel calor lejos de abandonarla le recordaba la embriaguez que alguna vez experimentó con el licor de maíz que fabricaba su padre.
Sus brazos buscaron con desesperación el cuerpo de Ika hasta llevarla por completo sobre sí. Un pequeño y delicado movimiento y quedó sobre ella. La miró y llenó sus ojos con la imagen de aquella piel fresca, húmeda de sudor, la línea de aquella boca, de labios salados, los que cubrió de besos suaves que pronto se tornaron ardientes. Sus muslos se abrieron camino en medio de aquellos otros. Oprimió su vientre, firme, contra aquel otro suave, mullido. Su mano la acarició y buscó la senda de aquel sexo y, guiada por la maestría femenina ancestral, se asentó en él, acariciando cada parte de aquella vulva húmeda que la quemaba. Jadeaba al ritmo de la agitación de Ika y sentía ya no un calor si no un ardor en todo su cuerpo que parecía centrarse en su entrepierna. Sus pechos se confundían unos en otros. Los muslos de Ika la ataban por la cintura y sus bocas parecían querer engullirse. La suavidad dejaba lugar al ardor desatado, desconocido, y por lo mismo reprimido desde hacía tanto tiempo que ninguna tenía memoria de ello. Fue como un temblor, como ese que sacudía la tierra cuando los volcanes se despertaban. Se abrazaron fuertemente y se quedaron así por largo tiempo, sin hablar. Nada se dijeron, ni siquiera mientras reunían sus ropas y se ayudaban la una a la otra a ordenar sus cabellos y acomodar sus túnicas. Ya vestidas, se miraron. Se abrazaron largamente, para luego emprender el camino de regreso al poblado.

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Tiempo después Ika fue desposada por Kimak, como lo indicaba la tradición. Asistió todo el pueblo, menos Inuki quien desde ese día caminó, cada amanecer, junto a su padre para ayudarlo en las faenas agrícolas. Nunca más ella mencionó el nombre de Ika. Su madre, como presintiendo algo grave, tampoco volvió a recordarla. Era como si Ika nunca hubiera existido. Nunca nadie supo tampoco que cada tarde, cuando el calor arreciaba y todos descansaban, Inuki se dirigía sagradamente a la quebrada y se recostaba bajo el pimiento que fue el abrigo del único momento de amor de su vida.
Años más tarde, una hermosa muchacha, de negros cabellos atados en una trenza caminaba erguida rumbo al pueblo con un cántaro de agua sobre su cabeza, orgullosa de no derramar ninguna gota en el camino. Tan ensimismada iba que no reparó en la mirada de la anciana que la vio pasar. Tampoco escuchó el nombre que la anciana pronunció al viento: Ika !

La disco.

(Cuento publicado en la revista online Rompiendo El Silencio, sección HISTORIAS)

fiestaEl ambiente de la disco está recargado. Se puede oler el aroma a sexo en el aire. Recorro la pista con una cerveza en la mano. Una muchacha se me acerca y me invita a bailar. Es linda y tiene un toque especial. Ella se pega a mí como una enredadera y acerca su boca a mi oído. Le hago señas de que no la escucho. Entonces se aparta ligeramente y acerca sus labios a los míos. No hago nada para separarla. Sus manos se posan en mias caderas. Luego se retira y me hace un guiño. La sigo. Me lleva fuera, hasta su auto… Antes de encender el motor, reactiva el mío con un hábil beso y siento la caricia de su lengua delicada en mis labios. Toma una de mis manos y la lleva hasta su pecho ofreciéndome sus senos. La temperatura de mi cuerpo sube, y siento que mi entrepierna quema. Ella se acomoda en el asiento del conductor y yo me ajusto el cinturón de seguridad. Más tarde, llegamos a un iluminado edificio. Aparca el automóvil en el estacionamiento y subimos al ascensor. Una vez dentro, y con renovada sinuosidad, ella hace como que me besa, pero no. Entonces avanzo y la apreso entre el espejo y mi cuerpo, abandonando mi actitud, hasta entonces, pasiva… Mi vientre se tensa ante la presión de ese otro que percibo anhelante. Mi mano no se hace esperar y dulcemente baja hasta su entrepierna, acariciándola por sobre la delgada tela del pantalón.El timbre del ascensor nos anuncia que hemos llegado a su piso. Aún medio abrazadas, salimos al pasillo y de la mano me lleva hasta su apartamento. Entre risitas apagadas abre la puerta, la que luego cierra tras nuestro. La abrazo, y mi lengua, inquieta ya, saborea el dulce perfume de su escote, mientras desabotono su blusa. Un delicado sujetador negro esconde unos pechos, fragantes y bien formados. Coge mi mano y me lleva, a oscuras, hasta su habitación. No hablamos. Sólo escuchamos nuestras respiraciones, cada vez más agitadas. Nos desnudamos, y nuestras pieles se tocan por primera vez. Respiro profundo y, ya en la cama, nos quedamos un instante quietas. Mis ojos, más acostumbrados a la oscuridad, perciben sus formas que se me antojan turbadoras. Comienzo a acariciarla suavemente, explorando cada pliegue y cada monte, yendo sobre ella con extrema delicadeza, pero pronto la válvula del deseo retenido estalla.Sus piernas me enlazan y no oculto el placer que me provoca acariciar aquella húmeda vulva, y entonces mi boca comienza un lento peregrinar por su vientre hasta llegar a su pubis. Mi lengua, sin tardanza, hiende con vigor los suaves pliegues de esos labios húmedos de tanta excitación. Me estremezco y lo beso con fruición, apenas conteniendo mis ansias de entrar en ella. Pero lo demoro. Dilato la espera, para hacer más delicioso el momento en que finalmente nos fundamos en un profundo abrazo.Sus manos me atrapan, se enredan en mi pelo, oprimiendo mi rostro contra su sexo que parece querer engullirme… Me sujeto a sus caderas y la guío en vaivén delicado pero brutal a la vez. Mi boca, entonces tiene acceso a toda ella, y me siento una guerrera; una amazona agitada y temblorosa… Entonces percibo su estremecimiento, el fibrilar de su vulva. Me deslizo sobre ella para abrirme paso entre sus muslos, acomodando mi pelvis en la suya y, entre ambas, mi mano. Me detengo para mirarla, para gozar de su gesto, pero ella no deja de moverse, haciéndome saber que es el momento. Así, me introduzco en ese delicioso y lúbrico canal. Veo como sus ojos se entrecierran. Y en medio de ese vaivén rítmico, sus piernas se elevan y se cierran en torno a mí. Su boca, perdiéndose dentro de la mía, se convierte en la rienda con la que ella, sin remedio, me ha de guiar hacia donde desee… Entra, me dice. Aghhhhhh! No… pares… Soy tu…ya! Nuestro ritmo logra una perfecta sincronía, convirtiéndose en una hermosa danza de aromas y embestidas sin tregua… Me siento desbordante. El modo que ella tiene de responder a mis caricias me eriza la piel… Me electrizan sus dedos crispados en mi espalda; sus palabras calientes…En un giro, ella queda a horcajadas sobre mi vientre. Apoya sus manos en mis hombros, presionando sus senos contra los míos y buscando la humedad de mis labios. El calor de su entrepierna me desespera. Sé que disfruta controlarme; que se complace aminorando o acelerando mi ritmo, según su deleite. Soy cera en sus manos, mientras busco su placer que palpita en el mío. Un calor lacera mis muslos. Un calor que sube y me atenaza; que se agolpa en mi interior, que me deshace los huesos. Tiemblo y mi cuerpo se curva. Me abraza, dulce, adhiriendo su cuerpo al mío. Nos quedamos quietas, sudorosas. La respiración agitada. Con nuestros rostros medio ladeados, nos miramos y sonreímos con complicidad… Invariablemente me sorprendes, me dice. Siempre lo haces como si fuera la primera vez. Me acerco y le digo cuánto disfruto hacerlo así, como si fuésemos simples desconocidas.
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