Esta historia se publicó en el Nº 4 de la revista RS Magazine, de la cual la autora es colaboradora y editora.
Al mirarla, su nerviosismo resulta obvio, y en el transcurso de nuestra conversación, éste le agita las manos, contorsionándolas en gestos imprecisos.
Frente al vaso de cerveza que tenemos al frente, brotan las palabras que esa mujer intenta hilvanar.
Ella es Antonia, de 48 años muy bien conservados y profesora de Educación Física en un reconocido colegio privado de Santiago. Posee un gusto impecable para vestir, al que imprime un ligero toque de algarabía juvenil.
Nunca se casó y tampoco se cuestionó su desconexión con los hombres. Anduvo con más de alguno por largo tiempo, como para que fuera considerado su pareja… Pero ella nunca lo sintió así.
Hace un buen tiempo conoció a Lorena, profesora de 26 años, a quien la unió una simpatía mutua que pronto derivó en una cercana amistad.
Lorena no sólo es joven. También es impetuosa, explosiva, vehemente. Una apasionada de la vida que va directo a lo que quiere, sin cuestionamientos ni titubeos.
Sólo unas charlas, y Antonia reconoció esa fuerza en Lorena. En ese mismo momento supo que se había enamorado… Antonia cierra los ojos.
-Quizás, me dice, sea esa forma de comerse la vida la que secuestró mi corazón. No lo sé. Pero ella me hizo sentir viva como nadie antes.
La observo. Ella, adivinando mis pensamientos, responde con voz clara, firme.
-No me preocupa estar enamorada de una mujer. Quiero decir que no es algo que me suceda a menudo, dice sonriendo. Es mi primera vez. Lo que me complica es la diferencia de edad. Son veintidós años. Lorena podría ser perfectamente mi hija…
-Pero no lo es, la interrumpo, mirándola con igual firmeza. Y es que no logro dimensionar el significado de esos años que, según ella, son lo único que le impide, a veces, ser plenamente feliz.
Como si continuara adivinando mis cavilaciones, Antonia añade con dulzura…
-Sé bien que no lo es. Claro que lo sé. Aún así eso me afecta…
Al principio, no reparé en ello. Pero luego, cuando comenzamos a salir, el tema de la edad se convirtió en mi pensamiento recurrente. Además, no ayudaba mucho el que Lorena y yo, saliendo tan seguido como lo hacíamos, pareciéramos no querer hablar del tema. Estaba claro que algo especial sucedía entre nosotras. Pero, simplemente callábamos. Eso me complicaba aún más… Hasta que llegó el feriado de Semana Santa, para el que habíamos quedado en ir a la playa.
Pasé a buscarla y le pedí que condujera. Yo estaba algo nerviosa. En el trayecto, música a todo volumen. Yo, los ojos cerrados. Relajada en el asiento, riendo… Por dios! Reí como nunca…
Al llegar a la casita de la playa, bajamos nuestras cosas. Luego, preparamos unos sándwiches y nos sentamos a beber unas cervezas. Yo necesitaba una, porque sentía que los nervios me traicionarían en cualquier momento…
Ella hablaba y yo no podía dejar de mirarla. Me subyugaba. Por eso, cuando fue hasta el equipo a poner música, respiré profundo y la seguí. La delicada estela de perfume que dejaba tras ella resultó un lazo embriagador. Entonces, se volvió hacia mí, con una sonrisa maliciosa. Me sentí morir. Mientras se acercaba, no dejaba de mirarme… Pegó su cuerpo al mío. Sentí su calor, sus brazos rodeando mi cuello, su roce, su tacto, sus labios… Para ambas era la primera vez. Entonces, esas horas de intimidad, que luego se convirtieron en días y meses, fueron el modo de decirnos que todo estaba bien; que había un mundo entero que recorrer, muchas cosas que conversar y resolver. Pero que ya habría tiempo para todo aquello. Ahora bastaba estar así, entregadas a la intuición, al reconocimiento mutuo de nuestros cuerpos.

